Category: Opinión

Nos la agarramos con papel de fumar

Este título tan cómico a primera vista es una expresión que suele usar mucho mi padre para hablar de lo remilgados que nos estamos volviendo con los años. Está claro que a medida que la sociedad avanza y «progresa» se vuelve más cómoda y reflexiva y piensa más en el mundo que le rodea, o al menos ésta era la teoría de mi profesor de filosofía sobre el nacimiento de su fuente de vida.

Si alguno de mis lectores es del año 75 en adelante seguro habréis escuchado a vuestros abuelos del hambre que se pasó durante la guerra y la postguerra, y muchos de vuestros padres habrán comentado que también lo han pasado muy mal por determinadas circunstancias. Está claro que ningún padre quiere que su hijo pase ninguna necesidad, es un instinto muy arraigado en nosotros… ¿Pero no nos estamos pasando?

Las últimas «técnicas psicológicas aplicadas a la educación infantil» nos dicen que si echamos una bronca o le pegamos a un niño de cualquier manera «podría traumatizarse«. Lo que nadie me ha contado es, ¿qué tipo de trauma? Si de siempre se ha dado un cate a un niño chico que no se porta bien y no acaban en un psiquiátrico, ¿qué ha cambiado ahora? Incluso hoy algunos padres siguen dando más de un guantazo y ni son malos padres ni convierten al hijo en un delincuente. A mí nunca ha hecho falta arrearme, si bien es cierto que un par de veces me la he ganado, y aun no he pisado la carcel, fumo cosas raras ni me dedico a ser un maltratador en potencia… al menos que yo sepa, porque puede que mis traumas me hayan convertido en un psicópata que no se acuerda de lo que hace…

El problema de estos «traumas» son cosas como las que lees en Asco de Vida, donde un niño se dedicaba a tirarle piedrecitas a un hombre en silla de ruedas mientras la madre se descojonaba. Lejos de la veracidad o no de estas historias, no es la primera vez que cosas como esta ocurren: niños que se dedican a hacer el cafre a su antojo mientras sus padres se dedican a «vivir la vida«. Ahora no impera inculcar a los niños la disciplina, sino permitirles todo «para que no se traumaticen». Claro, luego nos asustamos cuando vemos a los «NI-NI» por la tele o las noticias sobre el porcentaje de chavales que dejan el instituto por irse a una obra a currar… o directamente no van porque el día anterior estuvieron de fiesta y la resaca es sagrada. Esta viñeta, sin duda, es la mar de ilustrativa.

Sin embargo, no hablo sólo de nuestros estudiantes, tema recurrente de muchas conversaciones de señoras salidas de Facebook. Otro colectivo con el que «nos la agarramos con papel de fumar» son las llamadas «minorías sociales«. ¿Por qué a un gitano no puedo llamarle «gitano«? ¿Por qué a un negro no puedo llamarle «negro«, sino «persona de color» o demás mierdas lingüisticas? Pues porque «se pueden sentir ofendidos», y no es plan de «generar conflictos». Vamos a ver, a mí que no me jodan: un gitano, de siempre ha sido, es y será un GITANO, y por más vueltas que intentemos darle y muy diplomáticos que queramos ser es un hecho imposible de cambiar. Pero nada, tenemos siempre que ser muy recatados, finos y tolerantes todos…

Sin embargo, lo que más me repatea son los guardacoches, llamados cariñosamente en Sevilla «gorrillas» o «piojosos«. Recientemente, en Sevilla se aprobó una normativa que prohibía a los gorrillas, bajo multa de 120 euros. Los mismos gorrillas se ríen de esa norma, ya que la mayoría son insolventes y/o viven en la calle por causas derivadas de la droga, y la policía se ve impotente para eliminar esta lacra. ¿Lacra por qué?. Porque no sé vosotros, pero yo no consiento que me venga un guarro a exigirme un euro por aparcar en una avenida tal como es República Argentina justo a partir de las 20:01 de la tarde que se acaba el horario de zona azul; o sea, terminan unos chorizos de robarme y ahora vienen otros por la cara. Sobre estos «amigos» hablaré otro día largo y tendido, porque la historia de los «pobres marginados sociales» que aparcan coches bajo amenaza es tremenda.

En fin, con todo este rollo quiero decir que a las cosas hay que llamarlas por su nombre, y que si alguien realiza una acción mala o fuera de la ley o la educación hay que corregirla. ¿»Traumas«? ¿»Exclusión«? ¿»Xenofobia«? En dos palabras: MIS COJONES.

Menos traumas y más educación. Menos excusas y más igualdad. Menos tonterías y más justicia.

La saga Crepúsculo

Crepúsculo [Twilight] es, a día de hoy, el gran fenómeno cinematográfico, igual que en su momento fueron El señor de los anillos, Matrix o Harry Potter: una serie de historias precedidas por un conjunto de críticas positivas y negativas, en ambos casos a veces muy exageradas, y que gracias a la magia de la publicidad y de agresivas campañas de marketing se han colado en nuestras vidas para que esos nombres no nos dejen indiferentes. Las amas o las odias, pero cualquiera que no viva en un bunker «nucelar» conoce esos nombres y sabe de qué va aunque sea de oidas. A raiz de una noticia aparecida en la prensa sobre las opiniones del bajista de Muse, Chris Wolstelholme, sobre su participación en la BSO de Crepúsculo, me he inspirado para escribir este artículo.

Este «gran fenómeno» ha recibido críticas de todo tipo: desde las argumentales y las basadas en la mitología vampírica hasta los chistes más bizarros y destroyer que jamás podáis imaginar, algunas críticas salidas por cierto de mi boca. Sin embargo, como en este artículo tengo que ser [o intentar ser] objetivo, tendré que reseñar algunas de sus bondades. Según sus fans, es una película de amor muy linda y tierna… y con dos tíos que están muy buenos. Efectivamente, habréis adivinado que el grueso de sus defensores son mujeres. Luego los hombres somos los hormonados. ADV. Whathever… por cosas de la vida, me he tragado las tres películas, y por una de ellas incluso he pagado, cosa que aun sigue doliéndome en mi tacañería más introspecta, y como no sólo las he visto sino que encima con algunas hasta he repetido me considero suficientemente capacitado para escribir este artículo sin morir de un ataque de caspa.

Comenzaremos resumiendo un poco el artículo: Bella (Kristen Stewart), diminutivo de Isabella, llega a Forks, un pueblo normalmente nublado de Washington para vivir con su padre mientras su madre vive la vida loca con su nuevo marido. Una vez en Forks la muchacha, un poco antisocial ella, hace amigos en el instituto, lo normal de cualquier adolescente, y conoce a toda la peña típica: los deportistas, las aficionadas a las compras, las modositas… y a los antisociales, representados por los Cullen. Los cinco hijos del doctor Cullen, médico del pueblo, no se juntan con nadie que no sean ellos mismos y viven la vida a su manera, destacando especialmente uno de ellos: Edward Cullen (Robert Pattinson). Después de una serie de malentendidos, Edward y Bella comienzan a desarrollar una relación amistosa que deriva en una confesión del mozo: él y toda su familia son chupasangres, Nosferatus, demonios… vamos, vampiros de toda la vida. Desde entonces, la vida de Bella no es la misma… más aun cuando descubre que Jacob (Taylor Lautner), su amigo de la infancia y por el cual guarda ciertos sentimientos, es un licántropo, un hombre lobo; cosas de la vida, los enemigos mortales de los vampiros.

Básicamente ahí os he resumido la mitad de la primera película y la base de todo el argumento de la saga. Lo primero que destaca es que la probe Bella tiene toda la suerte del mundo: detrás de ella van dos bichos raros que podrían merendársela de un par de mordiscos, además de tener un olor más que delicioso y apetecible [¡niña, usa desodorante!]. Fueraparte, lo primero que hay que destacar es el objetivo de la autora [se supone]: crear una historia de amor con elementos sobrenaturales. No sólo consigue eso, sino que le da una vuelta de tuerca al género de películas sobre vampiros; cuando estamos acostumbrados a las películas donde el vampiro es un personaje antagonista, sanguinario, cruel y deshumanizado, Crepúsculo nos trae una historia de amor donde un vampiro lucha contra sus instintos y que teme que su amada caiga en un mundo alejado del humano, con sus propias reglas y mandamientos. Es algo completamente distinto, un soplo de aire fresco que ofrece una visión alternativa al vampiro que nos presentó Bram Stroker en su clásico «Drácula«.

Por otra parte, también añade el elemento que hace que cualquier película romántica te mantenga agarrado a la silla: la aparición de un tercer elemento, que para más inri es un hombre lobo [más bien un licántropo, ya que al transformarse no mantiene ningún rasgo físico humano], el enemigo más encarnizado del vampiro como se ha podido ver en películas como Van Hellsing o Underworld que trasladan la mitología literaria al gran público. Lobo contra vampiro, Jacob contra Edward, ambos tienen distintas actitudes ante Bella, que no termina de aclararse por ninguno de los dos por más que le tire Edward. Todo muy romántico al más estilo americano.

Las críticas más destructivas vienen, precisamente, por la mitología: ¿desde cuándo un vampiro brilla como si estuviera rebozado en purpurina al exponerse al sol en lugar de quemarse y arder? ¿Los vampiros no vivían sólo de noche? ¿Y qué es eso de que cada vampiro tenga un poder como si estuvieramos en los X-Men? Definitivamente, el vampiro que creó la literatura ha sido completamente «afeminado«, convirtiendo a la más mortífera criatura de la noche en un pelele sentimentaloide y pelagatos. También se achaca la excesiva ñoñería presente en la relación entre Edward y Bella, azucarada y endulzada hasta límites diabéticos. Está claro que para el fan de Chuck Norris ver Crepúsculo es la mayor tortura.

Ahora viene mi crítica personal, que no se inclina ni hacia un lado ni hacia otro. Por un lado, tenemos una serie de películas entretenidas, no para crear escuela pero sí para entretenerse un par de horas con tu pareja en el cine o en casa. O incluso con amigotes, ya que admiten todo tipo de doblajes «made in Flo» sobre la marcha, con la posibilidad de echar unas buenas risas. Pero me quiero centrar en un aspecto que poca gente destaca: la pasión y la sexualidad. En serio, ¿mi novia y yo somos los únicos que nos percatamos del erotismo que desprenden esas miradas, las ganas de decir «tírame al suelo y házmelo aquí y ahora» que tienen ambos? Gestos, miradas, actos reflejo, palabras… existe deseo entre ambos, que por una cosa u otra no se puede materializar, pero que está ahí, que se palpa y que en cualquier momento estallará, seguramente al final de la última película. Puro erotismo y hormonas a tuttiplen.

En fin, si bien las películas no son tan vomitivas como alguna gente hace creer, no entrarán en los anales de la historia por ser clásicos como hizo Hitchcock o Steven Spilberg. Eso sí, por mucho que se arrepientan, Muse ayudó a crear una excelente banda sonora, con canciones perfectamente recordables y reconocibles en cualquier sitio. #yoconfieso que las veces que echaron por televisión la primera película sólo la ponía en la escena del partido de baseball, con esa canción tan gloriosa que es «Supermassive Black Hole«.

Sólo una recomendación: si las veis con vuestras parejas, procurad estar solos y echad cuentas de cada gesto y analizadlos, os subirá la líbido y las hormonas de forma desproporcionada.

Y a todo esto: seguiré llamando a esta saga «Mierdúsculo» pese a todo.

El otro lado del espejo del Mundial

Han pasado tres días desde que estalló la gran bomba informativa no del año, sino quizás de la década: España ha ganado el Mundial tras un gol de Andrés Iniesta tras 116 minutos de juego llenos de carreras, dolores y patadas dignas de cualquier pelea de Tekken. Del Mundial se pueden sacar muchas conclusiones que nos demuestra que el deporte puede sacar múltiples facetas del ser humano:

El primero de todos es sobre la victoria de La Roja. Recuerdo un chiste que escuché ayer en el recopilatorio de El Intermedio que hizo Wyoming: «Lo mejor que hacía la Selección de Clemente era perder«. Y es verdad, la trayectoria de la Selección ha tenido más sombras que luces: basta con recordar cómo nos apearon de Francia 98 aun con los 6 chícharos que le metimos a Hungría [tras perder con Nigeria y empatar con la Paraguay de Chilabert], el robo que nos hizo el árbitro egipcio en el Mundial de Corea y Japón 2002, y por no hablar del batacazo del anterior Mundial de Alemania 2006. Sin embargo, algo cambió hace dos años: tras unos agónicos partidos, conseguimos llegar a levantar la Eurocopa en 2008, lo que nos llenó de valor y moral, sobre todo de cara a este Mundial.

Nunca he sido especialmente futbolero, y de hecho cualquiera que me conozca sabrá que nunca me he gastado un duro en ir a un estadio [sólo he ido dos veces, una al Sánchez Pizjuán y otro al Benito Villamarín, y ninguna pagando] ni he seguido a ningún equipo, salvo cuando jugaba la Selección española. ¿Por qué? Quién sabe… Puede ser por ese extraño instinto que tenemos los humanos de decir «lo mío es mejor que lo tuyo«, quizás sea un sentimiento nacional… Lo único seguro es que no es algo que me afecte a mí, lo demuestran las más de 2 millones de personas que acudieron en Madrid a la celebración del trofeo. ¿Cómo puede ser que un balón nos ponga de acuerdo a más personas que buscar soluciones a una crisis económica de caballo? El deporte tiene caminos inescrutables…

Por otra parte está nuestro equipo rival, la selección de Holanda. Los dos primeros minutos me dejaron claro a lo que iban a ir: a la pierna. Un juego duro, sucio y sin cortarse un pelo, sin importarles destrozar piernas por el camino haciendo suyo la frase de Maquiavelo «el fin justifica  los medios«. ¿Tan importante es ganar que da igual el método por sucio que sea?. Se podría decir que finalmente ganó el mundial el buen fútbol, el juego limpio y la deportividad, encarnados precisamente en España. Especialmente criticables fueron la patada de De Jong a Xabi Alonso, las entradas de Van Bommel y los gritos y protestas de Robben que le terminaron costando una amarilla. Desde luego, en caso de que hubieran ganado la victoria sería recordada como la más fullera de la historia.

Una selección que, la verdad, me gustó que cayera fue Italia: un fútbol con poca espectacular y basado en tener a todos los jugadores en la defensa, un juego basado no en ganar, sino en «no perder«. Otro ejemplo de la sobrevaloración que damos a la victoria son las actuaciones de las selecciones de Alemania y Holanda al perder sus partidos. Los alemanes, completamente en su mundo, fueron un festival de caras amargadas y de actitudes de mal perdedor; el seleccionador de Holanda, nada más recibir su medalla de plata, se la quitó al instante. Igual que hay que estar preparado para la victoria, hay que estarlo para la derrota, y asumirla con deportividad.

Otra cosa que me llamó la atención fue el protagonismo indeseado de Sara Carbonero. Quien no conozca a esta bella moza, comentar es es reportera de Telecinco, concretamente de la sección de deportes… y a su vez novia del portero internacional Iker Casillas. Desde la prensa británica acusaron a Telecinco de situar detrás de la portería española a la periodista para crear una historia de morbo, cebándose aun más cuando España perdió el partido contra Suiza. No obstante, se terminó produciendo la imagen que todo el mundo esperaba: en plena euforia por la victoria, Carbonero entrevistaba a Casillas que, hasta los huevos de todas las habladurías, le dio un señor beso a su novia en directo para todo el país. Sin embargo, no callaron a la gente, sino han dado más que hablar… más que hacerlo ellos, lo hace Telahinco… digooooo, Telecinco, impidiendo que ninguna televisión emita las imágenes de dicho beso, a menos que pasen por caja con la cartera bien llena de billetes: concretamente, dos millones de euracos. ¿Morbosos nosotros? ¡Qué va!

Por último, no quiero dejar de observar al país anfitrión, Sudáfrica. Después de un mes de espectáculo futbolístico y de tener los ojos de prácticamente todo el mundo encima, ¿qué ha cambiado? Un gasto impresionante en ocho campos de fútbol creado sólo para la cita mundialista, creaciones de complejos deportivos y hoteleros, dinero procedente de los cinco continentes, docenas de horas de reportajes sobre el país… ¿Para qué ha servido? Ni con el «gran despliegue policial» que se levantó se evitaron los robos y algunos actos de vandalismo, en algún que otro periodista ha salido, literamente, con una bolsa llena de ropa sucia y la otra mano detrás. Sinceramente, ¿para qué ha servido todo esto? ¿Quién se acordará de Sudáfrica y sus habitantes a finales de este año? Muchos seguirán pobres, otros presa de la violencia… ¿Pero qué nos importa lo que les pase?

En fin, no todo fue fútbol y «jogo bonito«. Hay muchas por las que deberíamos pensar: está claro que hemos disfrutado de un gran espectáculo y que muchos españoles nos hemos llevado grandes alegrías gracias a Villa, Iniesta y compañía, pero también tenemos que ver que de todo se aprende en la vida y nos puede ayudar a ser mejores personas. Planteaos lo que os he dicho y sacad vuestras conclusiones; es más, os animo a que esas conclusiones que saquéis las compartáis conmigo y con todos los marineros que navegan en este océano.

La música, un mundo maravilloso

Sevilla, 2:38 de la madrugada. Una pareja está en la intimidad de una habitación preparándose para pasar una noche de sexo y romanticismo. Una luz tenue para ambientar, champán rodeado de hielo, y de fondo «You´re the first, the last, my Everything» de Barry White incitando al amor a la pareja.

Tokyo, 10:41 de la mañana. Un joven oficinista estará en su empresa ordenando papeles para que su inmediato superior prepare un informe que deberá presentar en apenas 20 minutos a su jefe jefazo. Artistas como Abingdon Boys School con tu temazo «Howling» resuenan en sus auriculares para darle toda la energía que le hace falta para continuar el día.

Los Ángeles, 5:41 de la tarde. Unos estudiantes abandonan sus libros para salir a dar un paseo con su coche. En la radio suena una pegadiza canción, «If we ever meet again» de Kate Perry y Timbaland, mientras hacen provisiones para celebrar en su piso una buena fiesta.

Tras ciudades totalmente distintas, tres formas distintas de ver la vida… y sin embargo, una cosa nos une: la música. La música en la antigüedad era considerada un medio de comunicación entre lo humano y lo divino, lo que podíamos ver y lo que no. Hoy en día, la música está presente en nuestra vida en cualquier momento: mientras estamos aporreando un mando en un videojuego, cuando estamos viendo una película, de compras en una tienda o centro comercial, por la misma calle cuando vemos a alguien tocando el violín o la guitarra con mayor o menor fortuna… Estamos contianuamente rodeados por música.

Yo nunca he sido una persona que le diera excesiva importancia a tener o no una cancioncilla sonando de fondo cuando era más joven. Sin embargo, llegó una edad, «la edad«, en la que unos auriculares y un reproductor de música eran imprescindibles en mis bolsillos para salir de casa, y desde que me compré el iPod hará unos 4 años siempre lo llevo encima, «por si las moscas«. Y sí, coincidiendo con esa época empezó a entrarme ese gusanillo por el cuerpo por el que ciertas canciones te obligan a levantarte de la silla y ponerte a bailar, y con la poca vergüenza que tengo no es la primera vez que me pongo a bailotear en el coche de camino a casa o al trabajo xD: ayer, de hecho, en Europa FM estaban poniendo un remix bastante interesante de «Alejandro» de Lady Gaga y estábamos mi novia y yo en el coche moviendo el esqueleto todo lo que mi Nissan Primera nos dejaba de margen xD.

Este post me lo inspiraron mis hamijos @Villazeros y @pixelillo. El primero me pasó por Spotify una versión a capela de «Never gonna give you up» de Rick Astley, una canción ochentera llena de sentimiento y que a mí, a pesar de la bromita que circula por internet, el «Rickrolled«; el remate vino con el segundo, tremendamente emocionado por la celebración del Azkena Rock Festival, una oportunidad irrepetible para ver en un mismo escenario a grupos como Airbourne o Kiss, y a una leyenda de la guitarra como es Bob Dylan. Esa emoción, esa afición por la música, esos megareportajes que está haciendo de cada día del festival…

Como conclusión, dejaros un consejo: escuchad toda la música que podáis, aprended, comparad estilos… La música es cultura, y la cultura enriquece ;). Como despedida, os dejo un par de canciones que recomiendo a todo el mundo:

Amistad 2.0

Las redes sociales son, según se mire, el fenómeno del momento. La posibilidad de colgar en la red nuestra vida para que alguien la vea en forma de textos e imágenes, o incluso poder entrar nosotros en la vida de esos perfectos desconocidos. Cualquier persona que se acerque a curiosear tu vida tiene la posibilidad de perdirte «ser tu amigo«, y tú puedes decidir si aceptar o no «ser su amigo«.

«Amigo«… he ahí el quid de la cuestión. Está claro que las redes sociales son maravillosas y te permiten conocer gente que, de otra forma, seguro nunca tendrías la suerte [o desgracia] de conocer. ¿Pero esta nueva «amistad 2.0» no estará desvirtuando el significado de la palabra «amigo«? ¿Quién es tu «amigo» de verdad? Para plantear este tema, lancé una pregunta a mi TimeLine de Twitter:

«Estoy en medio de un debate existencial, ayudadme: ¿qué es para vosotros la amistad? ¿Creeis que se pueden hacer amigos en Twitter? RT, plis«

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Hoy somos Dorian Gray

La semana pasada fui a ver con mi novia «El retrato de Dorian Gray«, aprovechando unas entradas gratis que le había regalado Cajasol [sí, de vez en cuando el banco da alguna alegría]. Ella andaba con la mosca detrás de la oreja, ya que sus gustos culturales y los míos suelen diferir en momentos puntuales: gustos musicales [ella Björk, yo Muse; ella Whitney Houston, yo Joaquín Sabina], gustos por los espectáculos [llevo años queriendo ir al teatro, pero se niega a venir conmigo, EJEM ¬¬]… y nuestros gustos filmográficos no son una excepción. Como nos íbamos a pegar una sesión doble de cine ella eligió una película [«Prince of Persia«, me encantó], y la mía fue «El retrato de Dorian Gray«.

Os pondré en situación: Dorian Gray, un joven increiblemente guapo y atractivo, llega a la Londres de finales de siglo XIX con intención de reclamar la herencia de su abuelo, su única familia, recientemente fallecido. Dorian, incauto y bastante mojigato, conoce en una serie de fiestas de la alta sociedad londinense a las que serían las dos personas más influyentes en su vida: Basil Hallward, un prometedor pintor que queda cautivado por la belleza de Dorian, y Lord Henry Wotton, un noble cuya filosofía de vida se basa en la satisfacción de su propio ego. Basil convence a Dorian para inmortalizarle en un retrato, el que terminaría convirtiéndose en su mejor y más importante obra, mientras que Henry termina convenciéndole que lo único importante en la vida es la belleza y la satisfacción de los sentidos.

Dorian, al ver el retrato de Basil, se enamora de su propia belleza, e influenciado por las «enseñanzas» de Henry, desea ser siempre como ese retrato, eternamente bello y joven. Con el tiempo, descubre que su deseo se hace realidad: él nunca sufre heridas ni los estragos de la edad, todos los recibe su retrato, así como sus acciones afectan a la belleza que originalmente reflejaba el cuadro. Obsesionado con las ideas de Henry, busca explorar y descubrir nuevas sensaciones, pervirtiéndose en todos los sentidos, y llevando la desgracia a todo el que le rodea, mientras su retrato se corrompe con cada mala acción que realiza.

La película, aunque no es un fiel reflejo de la novela original escrita por Oscar Wilde, muy recomendable por cierto, es una adaptación increiblemente buena, tan buena que hasta mi novia salió muy satisfecha de la sala. Durante la cena posterior, mientras empezaba la sesión golfa con «Prince of Persia«, llegamos a la conclusión de que la historia era muy visionaria.

¿Visionaria por qué? Simple: en épocas de comodidad y asentamiento, con sus necesidades básicas cubiertas, el hombre busca satisfacer su propio ego y sus sentidos, meditar sobre temas trascendentales… ¿Tenemos alguna necesidad que cubrir? Maticemos: ¿nuestra juventud tiene alguna necesidad que cubrir? Dinero cuando les hace falta, alcohol para ahogar sus penas y macerar sus alegrías, móviles mejores que el mío que me he pagado yo… Podría caer en la tentación fácil de hacer un post para despotricar de esta última generación, que tienen para despotricar, pero no sería justo no darnos un tirón de orejas a todos, ya que son los adultos quien les enseñan. Un par de ejemplos…

Hoy leo en Twitter que la web de «Sálvame» ha sido hackeada, dejando un «cariñoso» mensaje dedicado a Belén Esteban. Estando más o menos de acuerdo con la acción, deja en evidencia una cosa: el hecho de que la «princesa del pueblo» [¡mis cojones!] se embolse más de un millón de euros al año por escupir mierda barriobajera en un programa todavía más barriobajero, por no hablar de exclusivas en revistas, «robados» en Interviu, demandas varias [que sólo sirven para colapsar de estupideces los juzgados mientras casos verdaderamente importantes se quedan en las puertas]… ¡Y lo peor es que todo hay quien lo paga, y somos el populacho que tan indignados estamos!

Por otra parte, leí hará un año cosa así en la sección «El gilipollas de la semana» de la revista El Jueves que los ejecutivos de AIG, una aseguradora estadounidense que fue salvada de la quiebra con millones de dólares procedentes de los contribuyentes, lo celebraron gastándose más de 400.000 dólares en un viaje de una semana en el balneario más lujoso del país con todos los gastos pagados por la aseguradora.

Sí, queridos marineros de las estrellas, el hedonismo y egoismo que ya criticaba Ovidio en su poema sobre Narciso en tiempos antiguos, continuó Dante en la «Divina Comedia» y plasmó en su obra Oscar Wilde, y que llevó a la desgracia tanto al propio Dorian Gray como a todo el que le rodeaba, sigue vivo hoy, con más fuerza que ayer pero seguro menos que mañana. Es una lástima que al salir del cine nos quedemos pensando «qué buena película» en lugar de «¿me parezco a Dorian Gray?«. Deberíamos hacer un poco de ejercicio de autocrítica y pensar que hay cosas más importantes en la vida que nosotros mismos. ¿Qué es lo verdaderamente importante en la vida entonces? Eso es algo, queridos amigos, que no puedo contestaros yo, ya que mi felicidad puede que sea vuestra desgracia. Buscad ser felices y hacer felices a los demás, es mi consejo 😉

Bloguero de profesión, bloguero de pasión

El blog es, a día de hoy, uno de los servicios web más importantes y demandados por la sociedad informatizada junto con las redes sociales. Páginas sencillas de mantener, de tripas bastante complejas y con millones de posibilidades según el responsable; el mundo de los blogs, la llamada «blogosfera«, se ha convertido en un mundo aparte donde los blogueros intercambian ideas y opiniones de posts actuales y futuros. Hoy quiero distinguir dos tipos de blogueros: los blogueros de profesión y los blogueros de pasión.

Los blogueros de profesión se puede decir que tienen un trabajo envidiable: escribir en un blog es una actividad fácil y sencilla, y en muchos aspectos divertida. Yo, de hecho, trabajo rodeado de blogs, y todo el mundo me dice que mi trabajo es muy fácil y que muchos se cambiarían por mí sin dudarlo. Su misión principal es informar a los posibles clientes de la empresa dueña del blog, así como herramienta de posicionamiento en buscadores.

Efectivamente, es un trabajo que me gusta y que encuentro gratificante, pero este trabajo, igual que su yin, tiene su yang: debes ceñirte única y exclusivamente a las directrices de la empresa, o en su defecto de tu jefe inmediatamente superior, por lo que cualquier intento de personalización será rápidamente censurado. No se debe olvidar que estamos representando la imagen de una empresa, y que nos arriesgamos a liarla como el usuario de Twitter de Movistar el día del #especialiphone4. Seas como seas, estás obligado a mantener una línea editorial seria y formal para que esa seriedad se transmita al público.

Luego está el bloguero de pasión. Tiene una bitácora personal en la que hace lo que le sale de las narices. Está en su mundo, él impone las reglas y hace y deshace a su antojo. Su público busca un momento de relax, leer sobre la temática del blog y obtener algún tipo de información o experiencia que enriquezca al usuario.

Un blog personal es muy sencillo de llevar a buen puerto: simplemente escribe algo relacionado con la temática. Un blog de videojuegos hablará de esta forma de ocio digital, un blog sobre literatura nos ofrecerá textos y momentos literarios que dependerán del autor… En fin, es un mundo amplio. Tan amplio que, a primera vista, parece que está todo inventado, y para cualquier tema existen mínimo uno o dos blogs de referencia. ¿Cómo hacer que destaque el tuyo? ¿Cómo escribir y no parecer que estés hablándole a la pared? Sin duda los principios son difíciles, pero para promocionarte tenemos herramientas como Facebook o Twitter, donde yo promociono a punta pala Océano de Estrellas xD

Pasándote 8 horas de trabajo escribiendo, más otros tantos adicionales en otros blogs que mantengo, ¿de dónde saca uno ganas de escribir en un blog personal? Pues de uno de los grandes motivos que me impulsaron a volver a crear Océano de Estrellas después de una larga temporada en off: poder escribir, hacer y deshacer lo que me dé la gana a mi antojo, no depender de nadie, ser mi propio jefe… en una palabra: buscaba LIBERTAD. Y una persona que valora tanto su libertad como yo este blog supone una válvula de escape en mi reglada vida, un poco de caos en el orden que estoy obligado a mantener.

Con esto no quiero quejarme de mi trabajo, ya que no sólo me gusta sino que puedo afirmar que voy a trabajar a gusto. Sin embargo, valoro mucho tener este blog para poder decir todo aquello que pueda pensar y no puedo desahogar en otro sitio, y sobre todo valoro que haya alguien leyéndome, ya que si nadie me escuchara estas líneas no tendrían sentido.

En fin, gracias por escucharme un ratico ^^. Por cierto, la imagen de arriba es el rinconcito donde mi blog laboral nace, crece y se desarrolla, ayer me puse el segundo monitor y gracias a él pude ver el España – Suiza sin dejar de trabajar, lástima de resultado…

«Alejandro»

Sí, van dos posts seguidos hablando de Lady Gaga, os juro que no lo tenía previsto xD. Pero hoy es medianamente necesario: hoy mismo, 8 de Junio, ha salido el sexto videoclip de la neoyorkina, «Alejandro«. La primera impresión: bueno, pero mejorable. Me explico:

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Los 10 mejores inventos de la vida cotidiana

Supongo que no lo sabréis, sobre todo porque no lo he dicho, pero tengo este blog ahora mismo porque mi novia, en un arranque de generosidad, me compró el dominio, el servidor y me dejó el blog montado con casi todo lo que podéis ver ahora mismo. Mirando unas cosas de mi antiguo blog, colgado en la plataforma Gamefilia, relacionada con Meristation a su vez, recordé un post con el que eché muchas risas escribiendo y que, a día de hoy, considero perfectamente válido. Como soy el autor, me permito la caradura de plagiarlo completamente.

Si queréis verla, dadle a Leer más.

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El Día del Orgullo Friki

Recientemente, podemos leer en Mikami Blog un interesante artículo sobre el llamado Día del orgullo friki, un día en el que los frikis, igual que los gays, existimos, tenemos sentimientos y derecho a expresarnos sin que nadie nos señale y nos llame bichos raros.

Sí, estáis leyendo bien, hablo en primera persona, y por un motivo muy sencillo: me considero un «frikazo» de los que ya quedan pocos. Canto en karaokes en salones del manga, a veces me disfrazo, me sé algunos diálogos de series y películas de memoria [especialmente los Simpson]… Vamos, me vais entendiendo. Y sin embargo no me considero un bicho raro: tengo mi novia, mi trabajo, mis estudios, mis amigos, salgo al cine… Lo que se diría hacer actividades «de persona normal«. ¡Sorpresa, no tengo tentáculos metálicos en la espalda, no investigo una máquina del tiempo ni me pongo las orejas de punta mientras digo que vengo de Vulcano!

Lo triste es que, a día de hoy, necesitemos «Días del orgullo«. ¿Es que sólo podemos estar orgullosos de ser como somos un día al año? ¿Por qué tenemos que reivindicarnos un día si, supuestamente, estamos en una sociedad basada en la libertad y que acepta la pluralidad? Los gays celebran su Día del orgullo, supuestamente, para reivindicar su sexualidad y demostrar que existen, cosa que, en mi opinión, llevan haciendo mucho tiempo y que ya están perfectamente integrados en la sociedad, salvo (des)honrosas excepciones. Los frikis hacemos lo mismo. Si de verdad fuéramos tan abiertos de mente, ¿para qué necesitamos reivindicar nada? En fin, cada uno sabrá, pero quiero quedarme con una frase que he leido en varias camisetas: «El manga no es peligroso, la ignorancia sí«.

En fin, por mi parte quiero felicitar el Día del orgullo friki a todo el que quiera celebrarlo, yo lo haré a mi modo: seguiré siendo yo mismo. Saldré de mi trabajo con mi réplica del Anillo Único en plata colgado al cuello, escucharé Nirvana y Muse en mi coche mientras vuelvo a casa, me iré al gimnasio con mi pokéwalker encima y escuchando en el iPod canciones de artistas japoneses tales como Abingdon Boys School, Do as Infinity o Megumi Hayashibara, para luego volver a casa y echarme una partida al Final Fantasy Dissidia de PSP.

Consejo estelar de hoy: Sed siempre vosotros mismos.

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