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Querido profesor

Ésta es una de esas entradas que salen desde mi lado más ñoño y con el que seguramente me colgaréis más de una etiqueta de “mariquita” para arriba… Pero qué puñetas, hasta yo tengo mi corazoncito.

Como habré comentado en algún momento, tengo la bendición/maldición de que mis padres sean ambos profesores de instituto. Por un lado es una bendición cuando no entiendes algo de su materia, que como por fuerza lo tienen relativamente fresco pueden echarte una mano en algún desavío; la maldición viene en que saben los años de secundaria y bachillerato cómo funcionan, así que cuesta bastante colarles una pirula. Otra maldición viene en los ambientes que veis en las noticias de profesores agredidos por alumnos o padres y que no tienen forma de defenderse [aun no ha llegado el caso, pero eso de pensar que pueden llamarte del hospital porque a tu padre le han pegado una somanta de ostias no mola nada].

¿A qué viene esto? A que, debido a que casi todas las amistades de mis padres son del gremio, he aprendido a valorar la profesión y no ser tan visceral cuando termino un curso. Hará cosa de un mes me encontré una antigua profesora de inglés a la que me paré amablemente a saludar y preguntarle por cómo iba el colegio y demás, cosa que mis amigos y mi novia me recriminaron porque “a los profesores ni agua“. ¿Por qué? Muchos alumnos, después de años, se encuentran con mis padres y se ponen a charlar y recordar viejos tiempos, ¿qué tiene de malo?

El post de hoy quiero recordárselo a dos profesores que me marcaron especialmente. Si bien con [casi] todos me he llevado bastante bien, hay dos en particular de los que guardo un recuerdo más especial. Con su permiso, hablaré de ellos con nombres y apellidos:

Carmen Morell: mi profesora de Ciencias Sociales/Historia en mis largos [y coñazos] años de secundaria. Al llegar a esta malograda y catastrófica etapa [las leyes de educación han propiciado esto] me hablaron de una profesora en particular con fama de ser bastante estricta y de no pasar ni una. Dicho y hecho, su fama no era inmerecida, ni Cristo se atrevía a hablar cuando estaba explicando, cualquiera se atrevía… Los temblores llegaron cuando nos enteramos que en 3º y 4º iba a ser nuestra tutora: el pensamiento general fue “nos la cargamos con todo el equipo”. Sin embargo, fue todo lo contrario: descubrimos una persona que, con sus más o menos cabreos, sabía disfrutar la profesión, que tenía un gran sentido del humor [a su manera, eso sí], y sobre todo altamente anti-tecnológica. El gran recuerdo que conservo de ella quizás se deba a que, en cierto momento complicado que pasé a nivel social, tuve una persona con quien hablar cuando no tenía con quién más hacerlo y que, lejos de simplemente salir delante de mí como mi escudo, me daba el empujoncito necesario para ser yo mismo mi propio escudo. Lástima que se jubilara, el colegio Religiosas Calasancias de Sevilla ha perdido una gran persona.

Antonio García Govantes: la asignatura “coco” del Bachillerato en el colegio Compañía de María era Lengua y Literatura,  y cuando llegaban las evaluaciones todos lo sabíamos; por eso, sacábamos tiempo para estudiar de debajo de las piedras. Este “elemento” me cateó sin piedad 5 de las 6 evaluaciones de esta asignatura, aunque en las benditas recuperaciones finalmente la terminaba aprobando, “milagrito der niño Jezú“, fueraparte de la mala hostia legendaria que le salía cuando de 60 que éramos entre dos clases apenas aprobábamos la cuarta parte a la  primera. Sin embargo, no esperéis un ogro ni un vengador cósmico: era un tipo de lo más campechano y majo, que en cuanto abrías la boca dos veces te colgaba tu mote y ya no te lo quitaba ni Cristo; pero no motes que sentaran mal u ofensivos, sino cosas más pacíficas, simpáticas… a mí, debido a mi antigua inclinación por el periodismo, me convertí en “Paparachi“, o “Papa” a secas, lo que más de un chiste me supuso en su época. También nos unió la afición a la poesía que encierran en sus letras Joaquín Sabina o Joan Manuel Serrat, nuestra afición [cada uno a su estilo] a la literatura de siglos pretéritos tanto española como internacional y la “obsesión” por analizar la actualidad mundial diaria. Entre otras cosas, debo agradecerle que ese último día de clase previo a Selectividad, en el que sólo fui yo al colegio, me echó el cable suficiente como para aprobar Lengua al día siguiente.

Son muchos profesores a quien me gustaría recordar y agradecerles algo, especialmente al pobre que le tocó darme Dibujo durante secundaria [más que nada porque era más malo que un bocao en un huevo] o a las pobres víctimas que intentaron darme matemáticas con éxito… pero son tantos, y tengo tanta pereza en el body que dejaré este post aquí.

Simplemente, gracias

Os quiero animar desde aquí a pensar que los profesores tienen una labor más dura de lo que imaginamos, respetémosles y apreciemos su trabajo… pero aun así dadles caña, si no el colegio y el instituto no serían tan divertidos.

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