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Hoy somos Dorian Gray

La semana pasada fui a ver con mi novia “El retrato de Dorian Gray“, aprovechando unas entradas gratis que le había regalado Cajasol [sí, de vez en cuando el banco da alguna alegría]. Ella andaba con la mosca detrás de la oreja, ya que sus gustos culturales y los míos suelen diferir en momentos puntuales: gustos musicales [ella Björk, yo Muse; ella Whitney Houston, yo Joaquín Sabina], gustos por los espectáculos [llevo años queriendo ir al teatro, pero se niega a venir conmigo, EJEM ¬¬]… y nuestros gustos filmográficos no son una excepción. Como nos íbamos a pegar una sesión doble de cine ella eligió una película [“Prince of Persia“, me encantó], y la mía fue “El retrato de Dorian Gray“.

Os pondré en situación: Dorian Gray, un joven increiblemente guapo y atractivo, llega a la Londres de finales de siglo XIX con intención de reclamar la herencia de su abuelo, su única familia, recientemente fallecido. Dorian, incauto y bastante mojigato, conoce en una serie de fiestas de la alta sociedad londinense a las que serían las dos personas más influyentes en su vida: Basil Hallward, un prometedor pintor que queda cautivado por la belleza de Dorian, y Lord Henry Wotton, un noble cuya filosofía de vida se basa en la satisfacción de su propio ego. Basil convence a Dorian para inmortalizarle en un retrato, el que terminaría convirtiéndose en su mejor y más importante obra, mientras que Henry termina convenciéndole que lo único importante en la vida es la belleza y la satisfacción de los sentidos.

Dorian, al ver el retrato de Basil, se enamora de su propia belleza, e influenciado por las “enseñanzas” de Henry, desea ser siempre como ese retrato, eternamente bello y joven. Con el tiempo, descubre que su deseo se hace realidad: él nunca sufre heridas ni los estragos de la edad, todos los recibe su retrato, así como sus acciones afectan a la belleza que originalmente reflejaba el cuadro. Obsesionado con las ideas de Henry, busca explorar y descubrir nuevas sensaciones, pervirtiéndose en todos los sentidos, y llevando la desgracia a todo el que le rodea, mientras su retrato se corrompe con cada mala acción que realiza.

La película, aunque no es un fiel reflejo de la novela original escrita por Oscar Wilde, muy recomendable por cierto, es una adaptación increiblemente buena, tan buena que hasta mi novia salió muy satisfecha de la sala. Durante la cena posterior, mientras empezaba la sesión golfa con “Prince of Persia“, llegamos a la conclusión de que la historia era muy visionaria.

¿Visionaria por qué? Simple: en épocas de comodidad y asentamiento, con sus necesidades básicas cubiertas, el hombre busca satisfacer su propio ego y sus sentidos, meditar sobre temas trascendentales… ¿Tenemos alguna necesidad que cubrir? Maticemos: ¿nuestra juventud tiene alguna necesidad que cubrir? Dinero cuando les hace falta, alcohol para ahogar sus penas y macerar sus alegrías, móviles mejores que el mío que me he pagado yo… Podría caer en la tentación fácil de hacer un post para despotricar de esta última generación, que tienen para despotricar, pero no sería justo no darnos un tirón de orejas a todos, ya que son los adultos quien les enseñan. Un par de ejemplos…

Hoy leo en Twitter que la web de “Sálvame” ha sido hackeada, dejando un “cariñoso” mensaje dedicado a Belén Esteban. Estando más o menos de acuerdo con la acción, deja en evidencia una cosa: el hecho de que la “princesa del pueblo” [¡mis cojones!] se embolse más de un millón de euros al año por escupir mierda barriobajera en un programa todavía más barriobajero, por no hablar de exclusivas en revistas, “robados” en Interviu, demandas varias [que sólo sirven para colapsar de estupideces los juzgados mientras casos verdaderamente importantes se quedan en las puertas]… ¡Y lo peor es que todo hay quien lo paga, y somos el populacho que tan indignados estamos!

Por otra parte, leí hará un año cosa así en la sección “El gilipollas de la semana” de la revista El Jueves que los ejecutivos de AIG, una aseguradora estadounidense que fue salvada de la quiebra con millones de dólares procedentes de los contribuyentes, lo celebraron gastándose más de 400.000 dólares en un viaje de una semana en el balneario más lujoso del país con todos los gastos pagados por la aseguradora.

Sí, queridos marineros de las estrellas, el hedonismo y egoismo que ya criticaba Ovidio en su poema sobre Narciso en tiempos antiguos, continuó Dante en la “Divina Comedia” y plasmó en su obra Oscar Wilde, y que llevó a la desgracia tanto al propio Dorian Gray como a todo el que le rodeaba, sigue vivo hoy, con más fuerza que ayer pero seguro menos que mañana. Es una lástima que al salir del cine nos quedemos pensando “qué buena película” en lugar de “¿me parezco a Dorian Gray?“. Deberíamos hacer un poco de ejercicio de autocrítica y pensar que hay cosas más importantes en la vida que nosotros mismos. ¿Qué es lo verdaderamente importante en la vida entonces? Eso es algo, queridos amigos, que no puedo contestaros yo, ya que mi felicidad puede que sea vuestra desgracia. Buscad ser felices y hacer felices a los demás, es mi consejo 😉

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