Alan on the road

Quien me conozca bien sabrá que colaboro, de forma bastante activa por cierto, con cierta tienda manga de aquí de Sevilla. Normalmente voy un poco de mano de obra, ya que según qué eventos hacen falta bastantes sentidos atendiendo todo; quiero acercaros un poco ese lado “oscuro” de los eventos [de oscuro tiene poco, ya que dentro nos meten una luminaria que a mí me broncea la cabeza más de lo que yo desearía], y quiero hoy dejaros con algo que poca gente cuenta: los desplazamientos y los sucesos que a veces acarrean.

Llevo conduciendo desde el 30 de Abril de 2008 que conseguí aprobar el práctico del carnet de conducir al tercer intento más dos intentos del teórico. El primer examen teórico lo suspendí porque los nervios, raro, se apoderaron de mi cerebro y pegué un tropezón [concretamente pegué cinco sin premio]; el segundo fui más tranquilo y aprobé porque no me puse nervioso… principalmente porque tenía casi 40 de fiebre, iba casi en manga de camiseta en medio del examen y creo que allí todo el mundo esperaba que me desplomara en el suelo de la mala cara que tenía. El examen práctico costó un poco más por lo de siempre, por estar más despistado que un pulpo en un garaje, pero gracias a los consejos de mi profesora de autoescuela [“deja de ir pisando huevos, coño“] y de mi padre [“que Dios reparta suerte, porque el cuidado se le olvidó dártelo“] conseguí hacerme con el tan ansiado permiso de conducir… sólo para hacerle de chófer a mi madre la primera semana mientras se gestionaba mi seguro. Desde entonces, he ido en coche hasta a comprar el pan y me he metido en cientos de sitios, algunos más raros de los debidos.

Anécdotas al volante podría contaros muchas, unas en las que os podríais descojonar, otras en las que me llamaríais loco, e incluso otras en las que directamente me mataríais para que no me mate la próxima vez que me ocurra. Os dejaré con tres de mis anécdotas favoritas y que siempre salen en conversaciones y charlas de bar:

– La primera vez que cogí una furgoneta no fue en nada relacionado con la tienda, sino durante las prácticas de mi ciclo. Era una Skoda, no recuerdo el modelo, con más años “que el andar p´alante” como decimos en mi tierra pero que era canelita fina. Desde Gelves, mi punto de origen, teníamos que llevar una impresora-fotocopiadora-fax-masterenempresariales hasta el Polígono Pisa, en Mairena del Aljarafe [todo en Sevilla]. 10 km, perfecto… sin GPS ni saber dónde coño había que ir, perfecto… sabiendo que ese bicharraco valía unos 2000 o 3000 euros, chachi… en fin, con los cojones de corbata, mi colega de prácticas y yo sólo dijimos “Challenge Accepted“. La entrega fue bastante bien, dejando de lado los crujidos de nuestras espaldas al cargar al niño tonto ese, y a la vuelta surgió esa pregunta que hasta ese momento no nos habíamos hecho: ¿cómo cojones volvemos a Gelves?. En fin, quiero dejar constancia que hicimos todo lo que pudimos por no perdernos más de la cuenta, hecho que tuvimos que reiterar varias veces después de casi una hora que estuvimos desaparecidos de la faz de la tierra. Mi primer contacto con una furgoneta no fue nada mal, las risas nerviosas mientras nos perdíamos y veíamos cómo el contador de gasolina iba descendiendo son aditivos a una experiencia interesante.

– I Salón de Sanlúcar de Barrameda, año 2009 y una Iveco Daily 35S12 de 7 metros cúbicos. Cosas de la vida no podíamos ir a la vez todos los que somos, así que mi señora novia y yo nos adelantamos. 8 de la tarde de Noviembre, noche cerrada como os imaginaréis y por una carretera no secundaria, sino terciaria. En un momento de despista, empecé a ver para nuestro horror cómo estaba pisando un cebreado/rayado en plena autovía, y coches viniendo sólo de frente. ¿Pero qué coño? ¿Me voy a estrellar con un mojón azul de los que te indican que el camino se bifurca? ¿Estoy en dirección contraria? ¿Voy a morir sin antes haber visto entera Doctor Zhivago? A pesar de los gritos nerviosos de mi novia a mi lado augurando que nos íbamos a enfundar en breves un pijama de pino todo tenía una explicación: habían repintado las líneas de la carretera aprovechando unas obras que habían hecho recientemente; como no se veía nada más que lo que las luces cortas me iluminaban, no vi que la carretera que antes se bifurcaba ahora seguía todo recto, así que no iba a tragarme nada. Lo peor no fue el susto que nos llevamos nosotros, sino que se lo llevaron los apañeros que venían después que nosotros y se lo llevó la segunda tienda de Sevilla que venía al evento. ¡Maldita seas, iluminación no existente!

– Por último, la que podría decir que es mi anécdota favorita: camino a Granada, cómo no para un evento, iba con mi monstruo-furgoneta, un bicho de 16 metros cúbicos de capacidad y unos 7 metros de longitud llamado Iveco Daily 35S14 por la carretera camino a Loja, donde nos ibamos a parar a comer algo y estirar las piernas. A 120, permitido por aquella época, iba charlando con mis dos acompañantes animadamente: mi novia, B, y un colega nuestro que venía a chapar con nosotros, D. En una parte del trayecto yo iba con la cabeza girada a la izquierda para ver el retrovisor cuando ocurrió lo siguiente:

  • D: “‘¡Illo, cuidao, cuidao, cuidao!”
  • B: …………….. [sólo gesticulaba con los brazos hacia adelante]
  • Yo: ¿Qué pasa?…. ¡Host…!
  • *clonk… clonk…*

ALGO marrón que parecía moverse desapareció debajo de mi furgoneta antes de sentir cómo pisaba algo con las dos ruedas de la izquierda. Sí, era lo que os imagináis. Durante cinco minutos no sonó ni una mosca en la furgoneta, hasta que D comenzó, de puro nervio, a descojonarse de la risa; B, a punto de echarse a llorar por su especial sensibilidad hacia la raza canina, también se empezó a reir, y yo, como no podía ser de otra forma, no pude evitarlo. Pensábamos que era gore el hecho de tener algunos lamparones de sangre en el cristal y los guardabarros teñidos de rojo, pero lo mejor llegó al llegar a Granada: durante una hora y media no me percaté de que la puerta de atrás de la furgoneta había dejado de ser blanca para convertirse en un traje de flamenca lleno de lunares rojos. ¿Cómo había llegado esa sangre allí? Nadie lo sabe… igual que nadie sabía qué era ese líquido que salía de debajo de la furgoneta. Menos mal que mi horror no se cumplió y no era que el perro nos había troleado el depósito de aceite, sino que era sólo agua del aire acondicionado.

En fin, espero que hayais disfrutado de estas tres anécdotas, tres de muchas que tengo en mis tres años de carnet. Despediré este post con la canción que compuse en mi viaje a Granada:

Título: “El Clon-clon”     Música: “Suena el rumrum” [SGAE, ahora vas y lo cascas]

Suena el clon-clon de mi furgoneta,

hace chof-chof en la puerta de atrás.

A mí me suena el clon-clon de mi furgoneta,

el perro me tiñió los bajos…

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  1. Bitacoras.com — 3 mayo, 2011 @ 18:58

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